viernes, 21 de junio de 2019

SUGESTIÓN, FASCISMO. IDENTIDAD, PSICOANÁLISIS. SUGESTIÓN DE ANDREA CAVALLETTI.


Freud, Cavalletti, Mann, Adorno, Descombes. Nuevamente, recomendaciones de Germán García. ¡Gracias siempre, Germán!



El modelo freudiano de la constitución y la formación de masas, planteado en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), su incidencia y uso o apropiación por parte de organizaciones sociales y políticas actuales, siguen aún hoy suscitando estudios y publicaciones.
Una de ellas, Sugestión. Potencia y límites de la fascinación política (Adriana Hidalgo, 2015), de Andrea Cavalletti. En este ensayo, el autor desarrolla a través de anécdotas ligadas al surgimiento de la hipnosis (anécdotas que involucran tanto a Freud, como a Charcot, o a Mesmer y Bernheim, entre otros) el poder de la sugestión de llevar al sugestionado a un acto inducido por el sugestionador. A partir de la fascinación, y analizando la novela de Thomas Mann, Mario y el mago (en la que el autor italiano ve la evocación de Mussolini) abordará los fenómenos sugestivos y su uso político, gracias a la acción de la educación, del gobierno, de la política; en definitiva, de la acción biopolítica del Estado: incidiendo sobre la voluntad, se logra detener el acto, que siempre tiene consecuencias. Dirá, en el camino de encontrar una salida para este esquema de cosas, “La teoría libidinal es el corazón del psicoanálisis, y tal vez este último no es sino una singular excepción en la larga historia de las fuerzas sugestivas”. Así como: “En el orden sin poder de la escritura se anuncia así el final de toda mágica autoridad” planteando que Mann logra distanciarse de la fascinación ominosa que el mago había ejercido sobre él, cuando escribe su nouvelle, y que la noción de tradición en Benjamin puede también aportar claves para prevenir efectos sugestivos.

La teoría freudiana y los esquemas de la propaganda fascista (1951) de Theodor Adorno, incluido en Ensayos sobre la propaganda fascista. Psicoanálisis del antisemitismo (Paradiso, 2003), avanza sobre el tema, en la dirección del uso del lenguaje. Siguiendo también a Freud, dirá que “el fascismo no es solamente la reaparición de lo arcaico, sino su reproducción por la civilización y en el propio seno de la misma”. El agitador de chusma adorniano, homólogo del mago de Mann, será instrumento ineludible para lograr la conformación artificial de la masa (ya que retoma la idea de Freud de que no hay pulsión de grupo). Y lo logrará con recursos concretos: despertar la herencia arcaica del sujeto, exacerbación del narcisismo, dirigir la hostilidad hacia lo externo, la tendencia al igualitarismo malicioso, uso mágico del lenguaje (que conlleva un mínimo de recursos y la repetición compulsiva de argumentos basados en procesos inconcientes). Adorno percibe la existencia en las masas de la
susceptibilidad potencial hacia el fascismo, que sin embargo precisa de la sugestión para actualizarse. Como Cavalletti no avanza más allá de la sugestión, sin llegar a la capacidad hipnótica que en mayor o menor medida habita a cada sujeto, es posible que se le escape esta susceptibilidad potencial que para Adorno es tan clara. Dirá que los opresores se han apropiado de la teoría y del esquema freudiano, desarrollando habilidades para explotarlos en su favor, y que el mérito de Freud habrá sido haber llegado al “punto del que la psicología abdica”. Será allí donde el Psicoanálisis deberá necesariamente tomar su relevo, como posible salida de la hipnosis generalizada, dado que cualquier proceso de identificación colectiva parece llevar al hombre a quedar sumergido y sometido a la masa.

El miedo (Capital intelectual, 2016), diálogo que por momentos no parece tal, entre Patrick Boucheron y Corey Robin, sigue esta línea, pero suma el miedo a los recursos de los que los poderes no solo fascistas sino de administración en general se sirven en su ejercicio. El que gobierne deberá generar un sutil equilibrio entre el uso del miedo y el recurso a la esperanza. Hacer temer, dirá Boucheron, es la mejor forma de hacerse obedecer. Robin planteará una infraestructura política del miedo, subsistiendo en Estados Unidos a partir de septiembre de 2001; dirá que el miedo no es un artefacto de la psicología de las masas, sino un proyecto político, que se valdrá de autoridades, ideología y acción colectiva. Hobbes, Brecht entre otros, serán de la partida para tratar de esclarecer la relación del miedo con el lenguaje.
Vincent Descombes abordará en El idioma de la identidad (Eterna Cadencia, 2015) la problemática del uso de la lengua y los fenómenos identitarios. Como los anteriores, el libro de Descombes es complejo, erudito y filosófico y sitúa en el horizonte la cuestión del lazo social.
Constata que a medida que se la intenta definir, la identidad se va disolviendo para dejar paso a la aparición de identificaciones, que como sabemos desde Freud, son solamente parciales, no otorgan un ser. Con Erikson se impondrá luego de la Segunda Guerra Mundial, el diagnóstico de crisis de identidad, para los soldados que volvían del frente de batalla, sin ningún sentido de cohesión, impotentes para mantener la idea que hasta entonces se habían hecho de sí mismos y de los lazos que los constituían y en cierta manera, los representaban. Erikson propondrá con su teoría una continuación del desarrollo freudiano de las identificaciones, planteando que en el adolescente, la formación de la identidad comienza cuando las identificaciones dejan de ser útiles.
Investiga sobre el uso de los pronombres “yo” y “nosotros”, sobre el nombre propio, sin llegar a conclusiones definitivas respecto de lo identitario. Luego de un recorrido exhaustivo por la filosofía de la identidad, llega a la cuestión de las identidades colectivas. Se ocupará de la concepción medieval tanto como de la aristotélica al respecto. A nivel de lo nacional, se detendrá en Mauss, destacando que la consolidación de instancias de constitución superior va en detrimento de las individualidades, y que la modernidad concierne la idea del individuo libre en su conciencia y en su voto. Preguntas del estilo “¿Cómo puede concebirse a sí misma en su composición la sociedad particular, dado que está compuesta, justamente, de individuos humanos particulares?” se multiplican. Aparecen Rousseau, Hegel, Benveniste, Voltaire para echar luz sobre la tensión yo-nosotros, rozando los debates actuales por el derecho a la diferencia y la democracia multicultural. Hacia el final abordará el tema a partir de la diferencia entre poder instituyente y poder constituyente. Cita a Castoriadis para sostener su propuesta de que lo que funda cierto nivel identitario en un grupo humano es el poder instituyente, que no se agota en un líder, ni en el presente de dicho grupo humano: “detrás del poder constituyente, hay que reconocer el ejercicio de un poder instituyente”, que para Castoriadis serán “la lengua, la familia, las costumbres, las “ideas”, una multitud innumerable de otras cosas y su evolución escapan por lo esencial a la legislación”. En la participación en una tradición histórica es imprescindible ejercer y ejercitar la imaginación, en tanto facultad de invención y de concepción, y apostar más allá del presente, a la continuidad histórica.

En resonancia con lo ya comentado, por estas latitudes me pareció interesante recordar La ciudad letrada (Del norte, 1984) de Ángel Rama, donde también es posible leer la caída represiva del uso de la letra y de la escritura legal (lo constituido) sobre las fuentes de saberes orales y tradicionales (lo instituyente) en pueblos donde la mayor parte de la gente no leía ni escribía. Mira con entusiasmo las revoluciones americanas de comienzo del siglo XX: la mexicana y la uruguaya, y la auspiciosa inclusión en estas gestas, de distintos tipos de intelectuales y hombres de letras. Quizás por ser una publicación póstuma, queda el sinsabor de cómo hubiera seguido tan jugosa investigación, de haber podido hacerlo.

Más cercana a nuestro tiempo es Las teorías salvajes (Entropía, 2008), recientemente reeditada, primera novela de la argentina Pola Oloixarac. Un mundo de discursos paralelos, de lenguajes delirantes que envuelven al lector, resuenan para resquebrajar la infatuación de cierta intelectualidad argentina vinculada a lo académico, que hunde sus raíces en los ´70. El valor de la novela en este contexto es el de poner en acto, al dejarnos abstraídos dentro de ese delirio de lenguaje pseudohumanístico, los efectos de sugestión que produce todo lenguaje que se autocomplace y se cierra sobre sí mismo, e intenta dar una cosmovisión sin resto de las cosas del mundo. Más allá de los conceptos en los que el supuesto lenguaje esclarecedor se base, en el momento de abortar los cuestionamientos, de proponerse universal, roza inevitablemente el fascismo.

Publicado en Breves, lecturas comentadas. Publicación del Centro Descartes de Buenos Aires. 
https://bibliotecadelcentrodescartes.blogspot.com/

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