lunes, 31 de agosto de 2026

OTRA VIDA de Gustavo Dessal. En el corazón del vértigo del hoy, las resonancias de un clásico.


 En su nueva novela, Gustavo vuelve a hacer gala de su capacidad abrumadora de narrador: juega con el tiempo y el espacio, dejando al lector, en primera instancia, fuera de la comprensión más corriente que implica la lectura. El lector recorre las páginas en sentido sincrónico, pero lo que va produciéndose es de otro orden. No es posible pensar o saber de qué se trata ese orden, sino hasta que se avanza lo suficiente en la lectura. 

No me gustan, como escritora, los comentarios que spoilean la novela que se comenta, de modo que seré lo menos precisa que pueda, en cuanto a personajes y desarrollo de la trama. 

Quiero sí, compartir con ustedes, lectores habituales del blog y de facebook, las evocaciones que tuve al leer el nuevo libro de Gustavo. Para eso, voy a pasearme por algunos lugares exteriores al mismo. 

Los sistemas y los monos. 

Jonas Mekas fue un director de cine lituano de nacimiento, considerado el padrino del cine de vanguardia estadounidense. Nació en 1922 y falleció hace no tanto, en 2019. En 1944 huye con su hermano de su tierra natal, hacia un prometido campo de refugiados. Logran ambos, luego de varios años de un derrotero incierto, en 1949 embarcarse hacia Chicago, con la promesa de un puesto de trabajo. Pero, acostumbrados quizá a no tener un lugar adonde ir, el barco toca primero el puerto de Nueva York, y deciden bajarse allí y no ir hasta Chicago. En esa ciudad que lo seduce al instante, desarrollará una rutilante carrera de director de cine, que hizo que frecuentara personajes de la cultura y la música como John Lennon, Lou Reed, John Cage, Andy Warhol, Dalí, Susan Sontag, y Allen Ginsberg, entre otros. 

Escribió un libro maravilloso, recomendable siempre, publicado en 1991, titulado Ningún lugar adonde ir, una suerte de diario de ese periplo odiseico compartido por su hermano, y por una valija en la que cargaba sus objetos personales: libros. 

En ese libro, al llegar a Nueva York, describe sus primeros trabajos alienantes conseguidos en fábricas, y comparándolos con sus días en los campos de trabajo y de refugiados, con los que encuentra muchas similitudes, dirá lo que sigue, y que me vino a la mente como un relámpago al leer a Gustavo: 

"Sistema, todo es un sistema. Con un buen sistema se puede convertir a un mono en un hombre, y a un hombre en un mono. Se puede despellejar vivas a las personas con un sistema y para un sistema. 

Si se tiene un sistema, se los puede despellejar incluso cuando son niños, y van a ir por la vida despellejados, van a vivir sin piel y ni siquiera van a darse cuenta. 

Sí, qué gran cosa es un sistema". 

Los personajes de la novela de Gustavo ya están o están en vías de ser despellejados, con mayor o menor grado de percepción de ese proceso. Conviven con higiénica normalidad y sometimiento a un sistema que los anonimiza y los explota de diversas maneras. Dos años aquí, dos años allá, cambio de país, de lengua, de afectos, de amistades, sin lazos amorosos intensos... sin horarios, con motivos a veces anodinos para sostener un sistema en base a la productividad y las ganancias. Y todos responden, con mayor o menor alegría, con mayor o menor malestar, con mayor o menor resignación. Atravesados, a la vez, por la globalidad, la inteligencia artificial, y por supuestos viajes temporales rizomáticos; aparentemente desorientados. 

¿Escribió Gustavo una novela con un elogio a la resignación y a la adaptación a estos mandatos de época, que atentan contra todo lo humano, que vacían de afectos a las personas, o lo intentan al menos con ahínco, imponiéndoles que todo sacrificio está justificado y vale la pena, si revaloriza el éxito, la especulación financiera, y la explotación en toda dimensión? Claro que no. 


Resonancias de un clásico. 

Al avanzar en la lectura, se me volvió evidente que esta novela es una propuesta muy optimista, con la que además me siento profundamente concernida. 

En un momento ví irrumpir en la trama, una de aventuras, o una road movie delirante, divertidísima, y hasta me atrevería decir tierna y cándida. El supuesto protagonista hasta el momento, cede su protagonismo a una figura omnipresente: una madre, que deviene quijotesca, transformando al hijo en un Sancho que acompaña. Me recordó esta relación, a aquello que Joyce hace decir a Stephen, en Retrato del artista adolescente, respecto del amor de madre: "Si hay algo seguro en este apestoso estercolero del mundo, es el amor de una madre. (...) por lo menos es algo verdadero". Hay también una Dulcinea, francesa en este caso, idealizada, deseada y escurridiza. Gustavo avanza un poco más con su Dulcinea y la hace vivir también un sueño, profundamente alejado de la realidad, casi incompatible con la misma (algo que Cervantes no hace con su Dulcinea). Pero conocemos la leyes que rigen el inconsciente. 

Emprenden ambos, Sancho y nuestra Quijote, una travesía hilarante, en busca de desentrañar un misterio que envuelve un invento revolucionario y el destino funesto del inventor. El capítulo de los nombres me hizo reír a carcajadas. 

La trama va y viene, perforando el tiempo y el espacio, reñida con la coherencia, pero delineando para el lector, y más aún para una lectora psicoanalista, una otra escena, que hace surgir la dimensión del deseo y del sueño, sea nocturno o diurno, de vigilia. Como sucede con el Quijote, si la vida cotidiana es árida, pobre y aplastastante, mejor refugiarse en la ficción, en una ficción: sea la de las novelas de caballería, o sea cualquier otra. La novela también apunta a eso: a poder tomar como ficción lo vivido, aunque en apariencia suene pesadillesco, para separarnos de eso, para no dejarnos fascinar. 

Decía que la de Gustavo no es una novela fatalista, ni derrotista, y que no propende hacia la adaptación al sistema imperante, sino que plantea una salida posible de la aridez y el aplastamiento, de la uniformidad y la universalización.

Por eso creo que Gustavo escribió además de una novela brillante narrativamente, y divertidísima, una novela de amor en sentido freudiano, que nos evita el mal sabor de boca que nos deja el final de la novela monumental escrita por Cervantes. 

Con un loop que en apariencia nos lleva desde el final al comienzo, casi con las mismas palabras, nadie sale de la experiencia de esta odisea, como entró en ella. O es lo que quise leer: alguna transformación habrá de producirse. Dependerá de cada quien saber entonces si quiere lo que desea. 

Les recomiendo con entusiasmo OTRA VIDA, la nueva novela de Gustavo Dessal, con quien tuve el gusto enorme de encontrarme, luego de cinco años de que presentara y prologara mi libro, Efectos de estilo. 


¡GRACIAS GUSTAVO! 

sábado, 25 de julio de 2026

LA ODISEA de NOLAN. EL DESTINO Y EL EXCEPCIONAL.

Adaptación del poema homérico homónimo, llega a Buenos Aires con cierta expectativa. Intenté verla sin éxito, en la computadora. Lograba ver cuarenta minutos y la dejaba. Así dos veces. Entoces, por recomendación de un amigo en el que confío, decidí verla en el cine. Muy buena decisión.

La Odisea es un film para ver en el cine. Gana en impacto visual y en belleza. Punto uno. No fui teniendo en mente el texto de Homero, porque lo leí hace décadas. Fui a poner a prueba la eficacia dramática, argumental y estilística, en definitiva artística del film. 

Me repito, lo se, pero dura casi tres horas!! Una eternidad para mí. Siempre digo que cuando un film dura más de dos horas, espero ver una obra maestra. La Odisea de Nolan me puso en un aprieto: no me pareció una obra maestra pero a la vez me gustó muchísimo. 

La divido en tres partes, casi equivalentes a la hora de duración cada una. La primera hora se me hizo lenta tanto en la compu como en el cine. Carente de impacto visual y dramático. La parte del cíclope me resultó totalmente lavada,opaca, gris. Casi como las escenas con Calipso. 

Todo así hasta el desembarco en la isla de Circe. Esta escena me resultó de una crudeza inusual (tanto en la compu como en el cine) a tal punto que la chica a mi lado, no podía mirar la pantalla y desviaba la vista!! Tremendísima escena. Muy muy lograda. Ahí comienza la segunda parte para mi. Mucho más intensa, dramática y por qué no, entretenida. El nudo argumental que se resolverá en el final parte de allí. 

La ultima hora directamente me pareció épica. Maravillosa. Intensísima. Atrapante desde todo punto de vista. Los personajes ganan en expresividad (la escena con Odiseo resistiendo el canto de las sirenas debe haber sido lo mejor que al menos yo ví de Matt Damon). Y el conflicto escala a su máxima expresión, hasta el encuentro, ya en Itaca, entre Odiseo (disfrazado de mendigo) y Penélope, (resguardada tras puertas corredizas compuestas por paños semitransparentes que ofician de velo):  la conversación que tienen es de vuelo filosófico: el honor, el bien, el mal, la deshonra, la soberbia, la culpa, el deseo asesino, la omnipotencia frente a las leyes divinas, todo está sutilmente hilvanado en las palabras de Odiseo, exiliado de su propia vida, no por las casi dos décadas transcurridas entre guerra, errancia, y el sometimiento a la voluntad absoluta de los dioses, sino por las decisiones y las acciones tomadas durante esos años fatídicos. La escena de la prueba a la que son sometidos los pretendientes por Penélope es impresionante: se condensan en ella muchas de las bajezas y apetitos más brutales del ser humano. 

Como decía un querido escritor, en definitiva hay tres temas en la literatura, se trate del poema homérico del siglo VIII A.C, o de la literatura actual: el amor, la muerte y el viaje. Viaje que en este caso es el de la errancia, el del exilio de sí mismo, además del geográfico. Y si como dice otro escritor, toda escritura lleva la marca del exilio, la historia de Odiseo no podía no ser escrita. A esta epopeya se le suma la mujer que espera a su amor, y un hijo (Telémaco) que no se resigna a su orfandad ni a perder el trono de Ítaca. 

Desde el punto de vista estético, la película tiene escenas verdaderamente hermosas, y efectos visuales sorprendentes, que logran cierta profundidad del fondo de la escena, para que tome relieve el centro de la misma. No sé cómo se llama ese efecto ni como se logra, pero cada vez que aparece en pantalla (la película no transcurre por completo de ese modo) sorprende de manera grata al espectador. 

Las actuaciones son, diría, correctas. Ninguna me deslumbró en particular, con excepción de la escena mencionada de Matt Damon. No descollan pero no desentonan. La estética y la dirección de cámara me resultaron muy bellas, aunque no tienen esa búsqueda de la belleza que por ejemplo sí tenía Troya. 

Hay licencias poéticas que imagino se justifican por intentar que sea un film que apunte a la multiculturalidad (por ejemplo, Helena es negra) pero que en mi caso, no llegaron a empañar la totalidad del film. Hay escenas algo excesivas, muy del estilo de las películas de acción actuales (la lucha final entre Odiseo y los pretendientes) pero se sobrellevan bien. Se las acepta. Cabe destacar la increíble y bastante ilimitada imaginación de la trama. Realmente, aunque se supone que el poema comenzó siendo una narración oral y no texto, debía ser impactante escuchar estas historias heroicas en la antigüedad. Homero fue un gigante él mismo. No por nada todos los grandes escritores navegaron las aguas de sus textos. 

Ahora, les cuento lo más destacable del film y del guión, para mí: en medio de todo ese despliegue cinematográfico, lo que más me atrapó y deslumbró del mismo fueron algunos diálogos: diamantes preciosos que encandilan en medio de tanta muerte y oscuridad. Con frases para poner en un cuadrito, que derrochan sabiduría sobre la vida, la muerte y los hombres. 

Es cierto que el texto conlleva la interpretación de que se trata de la añoranza de un hombre por su tierra y por los suyos. Pero también, enfrenta al héroe, al excepcional, a su destino tan honorífico como cruel: por un lado, el de vencer gracias a su astucia e inteligencia, y no tanto a sus fortalezas físicas y dotes para la guerra, y por otro, la de redimir al resto de los mortales, apenas virtuosos, y víctimas de apetitos más carnales y oscuros. En definitiva, el precio a pagar por ser el elegido de los dioses, es el del exilio de la propia vida; una vez que se partió en busca de gloria y conquistas, no hay retorno posible: ni para el héroe ni para sus allegados. Todos deberán pagar el precio que otros humanos pagaron con muertes dolorosas y deshonrosas. Devolverles la honra será la tarea última de Odiseo, que nunca podrá regresar del todo a la Ítaca que dejó. 

Luego de los aplausos del final, me quedé con ganas de volver a leer La Odisea. 

La recomiendo mucho.