jueves, 9 de abril de 2020

LA CARRETERA DE CORMAC McCARTHY. ¿QUÉ QUEDA CUANDO NADA PERSISTE?

Un domingo cuarenténico, desayunaba leyendo a Gustavo Dessal, provechosa manera de comenzar el día. Él traía a cuento esta novela a partir del escenario de muerte y tierra arrasada con el que nos estamos acostumbrando a vivir.
La irrupción de un virus mortal, que el vaciamiento de los estados modernos transforma en letal, nos arroja a interrogantes éticos. 
Decidí, entonces, darle una segunda oportunidad a esta novela de Cormac Mc Carthy, que había empezado meses atrás y había dejado sin terminar. ¡Lo bien que hice! Quizás incidida y encendida por el clima pseudoapocalíptico que se infiltra hoy en el mundo, revaloricé esta epopeya de un padre y su hijo, que, sólo en apariencia, ven sus vidas reducidas a la mera supervivencia.
La trama se desarrolla alrededor de una carretera, por la que ambos transitan desafiando a la muerte, que los acecha de diversas maneras, y a la naturaleza que no muestra piedad alguna con ellos.
El padre tiene una certeza: debe salvar la vida de su hijo a cualquier precio. Lo pondrá a salvo de otros "sobrevivientes" del apocalipsis nuclear: caníbales, ladrones, asesinos, muertos en descomposición, comida en estado de putrefacción, agua contaminada, etc. Llegará al punto de forzar a su hijo a portar un arma cargada, y a enseñarle cómo usarla si llegaran a verse en la situación de ser capturados. A la vez, "Sólo sabía que el niño era su garantía. (...) Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca"; "(...) Luego echaron a andar por el asfalto bajo una luz gris plomo, arrastrando los pies por la ceniza, cada cual el mundo entero para el otro". Buscarán llegar al mar, símbolo quizás de un milagro que no alcanzamos a valorar a fondo: el del don máximo, el del alimento ofrecido al hombre, sin mayor trabajo, cuando la tierra es ceniza y olvido. Un barco a la deriva simbolizará ese don.

La novela es en sí misma otra epopeya, porque logra que el lector se involucre en una trama que en esencia repite, con leves diferencias y matices, la misma escena: la búsqueda desesperada en ese mundo perecido, de abrigo, agua y alimentos.
Por otro lado esas leves diferencias, esos matices, van construyendo con sutileza y ternura, el personaje del  hijo, que va ganando trascendencia con el correr de la acción. Ese niño cuestionará a su padre en la simpleza de sus argumentos hasta límites éticos: la dicotomía "buenos vs malos" no alcanza para apaciguar el corazón del niño, que se ve conmovido en ocasiones; perturbado y contrariado en otras. 
¿Hay que vulnerar todo límite humano para conservar la vida? ¿Para vivir vale asesinar, abandonar, robar, dejar en la indigencia y desnudez al otro? Estas preguntas aguijonean al niño tanto como al lector, sin ningún atisbo de tranquilidad... Habrá que vérselas con ellas en la intimidad de cada uno. 
No quiero avanzar con la trama hasta el final, para no revelarlo.
Sí quiero transmitir la profundidad ética de una novela que hace pensar en qué es lo que pervive, qué es lo que resiste cuando todo tal como lo conocíamos en nuestra vida, parece haber sido destruido. "En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue?"
Entonces, ¿qué queda cuando nada persiste?
En un momento de profundo amor por su hijo, mientras lo arropa y acaricia su pelo húmedo al calor del fuego y lo abraza, el padre dirá:
"Todo ello como en un antiguo ungimiento. Que así sea. Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida". 
Quizás podamos extraer de la lectura de La carretera, una señal que ilumine días en los que parecemos llevados a elegir entre el mundo y la vida. 

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