lunes, 26 de agosto de 2019

CRIATURAS DE ARENA. VA UNA PARTE, PARA TENTARTE (¡salió en verso!).

¡TE CUENTO! No estaba empantanada en el lodo de la falta de inspiración en mi próxima novela. ¡Había concluído el borrador, el hueso primero, y no me había percatado! Así que hasta tanto salga (ahora duerme un tiempito y yo descanso, y luego la retomo para reescribirla), te dejo un capítulo de mis Criaturas de arena, para tentarte a que te la descargues del blog (es gratisssss), mientras se embellece para pasar al papel. 



"KUYÉN
El lanzamiento del Quimey fue certero: las boleadoras sujetaron las patas traseras. El animal cayó al piso tratando de zafarse. Era el tercer guanaco del día. Por lo ocurrido en la mañana el jefe había decidido que no los acompañara. Como si hubiera sido mi culpa…De rabioso nomás los seguí agazapado, a lo lejos; algo de lo que pasaba entre esos hombres me intrigaba.

-¡Nehuén, ayudame, tiene una fuerza anormal! ¡El cuchillo!- gritó el Quimey.

Detrás de unas matas secas, haciéndome parte del paisaje, me quedé mirando.  
Vi el filo del arma entrar en el cuello del animal, que emitió un gemido hediondo. El corte provocó una lluvia roja que salpicó los cuerpos. No le dieron tiempo a morir; lo abrieron y le vaciaron las tripas.  
La presa anterior nos había jugado una mala pasada: era una hembra preñada. Al abrirla, hundí mis manos en el animal, aún caliente, para arrancar lo que de vida pudiera quedar en esa masa sangrante que todavía gemía y en el cuerpo a medio hacer. El Nehuén vomitó. Lo hecho hecho estaba; para reducir la ofensa decidimos que no la llevaríamos. Tiramos con el Quimey los desechos del botín lo más lejos que nos dieron las fuerzas, mientras el Nehuén trataba de controlar su asco.

Esta vez sí, la cacería se les presentaba como un festín gozoso. Los vi inclinarse sobre el líquido tibio y lamer como del agua de un río. De la boca del Nehuén caía un hilo oscuro y espeso, que él limpiaba con su lengua. Después dejaron que al animal se le destiñera la vida, y avisaron a los demás para que se llevaran la presa al campamento. Yo seguí ahí, a la espera.
Sus cuerpos se habían erizado durante la corrida: por la matanza, por sus olores animales, o por el puro brillo de sus pieles bajo el calor abrasador. Se fueron a esconder detrás de unas rocas. Fui tras ellos.   
El Quimey limpiaba la sangre de la cara y los brazos del Nehuén, que aunque más pequeño, era bien formado y sólido. Su pecho era fuerte y lampiño; de piel gruesa y oscura. El jefe era más alto, de gran contextura. Ambos tenían miradas que penetraban el ánimo y los pensamientos; pómulos salientes de bravura. Sus gestos imponían respeto. Cazaban juntos hacía tiempo y esa hermandad parecía recorrer sus fibras viriles como la energía del rayo en cielo tormentoso. No disimularon la excitación. Eran parte de una estirpe de hombres que no daban explicaciones ni las necesitaban.  O al menos eso decían por aquel entonces.
Se sacaron la ropa. Desnudos, la desnudez no era igual a cuando nos bañamos en el río, expuestos a las risotadas o las miradas furtivas de los demás. Era una desnudez prepotente, poderosa; cubierta de hombría. Broncíneos bajo el sol, ostentaban al gran astro testigo sus lanzas erguidas y en pugna, en un ritual animal cargado de lujuria y fluidos espesos. Sangre, saliva y semen brotaron como salpicaduras vivaces. Ellos, indiferentes o felices por lo que en ese encuentro nunca se gestaría, por las descendencias que jamás nacerían, gozaban libres de un puro presente musculoso y erecto.

-Rápido, Nehuén. Date vuelta.
-Dale fuerte. ¡Así!
-Sí, así, muy fuerte.
 -¡Seguí, no pares! Ahhhh… Dejame ahora a mí.
- Esperá, Nehuén, esperá, un poco más, todavía no. Contra las rocas.
-Sí, ahora.

Dejame más…decían, y sus voces suspirantes parecían unidas en un ruego ancestral.
No recuerdo quién, pero algo me habían contado… Cuando los vi con mis propios ojos, recién lo creí. Estaba excitado, atrapado en ese nudo de carne de hombre que en los gemidos hablaba de otra naturaleza. Me empezó a quemar el cuerpo; un temblor me hizo despertar del letargo; había quedado como en un sueño, atontado. Pensé en hacerme notar. Yo no había conocido cuerpo que no fuera de hembra, y aquella escena emitía señales que me incitaban... Confundido y alterado por pensarme enredado entre esos dos, me sorprendí cuando cambiaron de posición. Me quedé escondido, pero no pude dejar de mirarlos. Tuve que aliviarme. El calor de mi miembro se irradiaba a la mano que subía y bajaba a ritmo frenético. Después de ahogar un quejido, me limpié con la tierra arenosa. Ellos seguían ausentes; no me vieron mirar cómo se poseían, se mordían, tironeaban sus cabelleras…
Volví con los demás, que estaban reunidos alrededor del fuego. Al no haber participado de la matanza, se habían ocupado de asar varias liebres y de cocinar huevos del ñandú que habíamos cazado. Era el momento de la distensión. A medida que la noche avanzaba el murmullo confuso ganaba intensidad y las risas se transformaban en carcajadas, mientras las presas se doraban.
Con trozos de carne coronándolas, las flechas parecían flotar en el aire alrededor del fuego, trayéndonos regocijo y prometiendo saciedad. Devoramos con placer los bocados jugosos. Las gotas de grasa que chorreaban caían en la arena, produciendo un chasquido. Luego de comer, encendimos un poco de tabaco y nos pasamos de mano en mano la petaca con aguardiente, mientras que los más cansados se echaron a dormir.
El Quimey y el Nehuén aparecieron más tarde. Los presentes cruzaron miradas que no parecieron alcanzarlos; cada uno estaba en lo suyo. Los miré de soslayo. Parecían pensativos, como atravesados por alguna inquietud,  que las sombras que el fuego producía disimulaban en sus caras. Los huesos y los restos roídos ardieron obstinados en la fogata; un olor dulzón que trepaba por el humo blanquecino aturdía las mentes y saturaba los sentidos.
Fueron cayendo de uno en uno en un sueño pesado y reparador que los ronquidos delataban. A pesar del aguardiente, yo no lograba dormir; tenía la mente nerviosa. La tímida luz del amanecer despertó a algunos hombres. Fueron los primeros en constatar que la juventud insomne y artera de aquellas montañas había corcoveado durante la noche, desafiando a los que se le atrevían. Los hombres miraban a un lado y a otro, a la espera de que desde aquellas moles se oyera una voz, algún ruido; un signo reconocible para entender lo que había pasado. Las paredes rocosas, testigos de millones de lunas y soles, los cuestionaban con la mirada confinada allí donde ningún ojo humano ve. El puro silencio nos rodeaba.
La tienda estaba maltrecha, caída,  y los pelos de vicuña se mezclaban de a mechones con la cabellera negra y la sangre del Nehuén, que había empezado a secarse. (...)"

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