jueves, 30 de abril de 2020
¡EL BLOG CUMPLE 10 AÑOS, Y LO FESTEJO CON UN ÍNDICE VISUAL! NACIÓ CON TIMIDEZ EN ABRIL DE 2010, CON BUENOS AIRES ANÓNIMA, ENTRÓ LUEGO EN LATENCIA HASTA VOLVER EN 2015 CON EL MAL TRANSPARENTE, CON NUEVOS BRÍOS, TRANSFORMADO Y RENOVADO! ¡EN ESTOS ÚLTIMOS 5 AÑOS COMPARTIMOS LECTURAS DE 168 LIBROS, 9 REVISTAS, COMENTARIOS DE 9 EXPOSICIONES, RECOMENDACIONES DE 18 FILMS, 3 OBRAS DE TEATRO Y 6 SERIES! ¡GRACIAS A TODOS POR ESTAR, POR LEER, INTERESARSE, Y POR ACOMPAÑARME! ¡BRINDO POR LOS PRÓXIMOS 10!
martes, 28 de abril de 2020
lunes, 27 de abril de 2020
EMPEZÁ ESTE LUNES BIEN ARRIBA CON O CORPO. UN CUENTO MARAVILLOSO DE MARCELO RUBIO.
O CORPO
El escritor portugués Joao Porto publicó su novela O Corpo, de una forma algo más que original. La obra tenía 132331 palabras y Joao eligió ese número de personas, distribuidas en distintas ciudades del mundo, para tatuar en cada cuerpo una palabra. Leer O Corpo implicaba conocer a 132331 individuos. La editorial, más preocupada por el dinero que por el talento, editó un libro con la dirección de cada uno de los tatuados y sus respectivos nombres, ordenados según correspondía a la lectura. Hay que decir que esa suerte de guía vendió cerca de 300 mil ejemplares, ya que alrededor de 100 mil lo compraron para ver sus nombres y sentirse parte de la literatura mundial, otros 120 mil fueron familiares de estos y 80 mil resultaron lectores desorientados, algunos sorprendidos en su buena fe o, como el caso de Valenti, verdaderos aventureros. Hasta el día de hoy no se conocen datos concretos sobre la posibilidad que alguien haya logrado leer en forma completa O Corpo. Quien más páginas recopiló fue el citado Carlos Arismendi Valenti, alcanzó la cantidad de 3659 palabras. La cuestión le consumió cerca 10 años, viajó alrededor de un 1.300.000 kilómetros, conoció 125 países, 2832 ciudades. Vio palabras en ancianos, niños, jóvenes; desenterró cadáveres sólo para leer “y”, aguardó bajo aguaceros o soles abrasadores para palabras como “Hoy”, “o”, “casi”. En Estambul estuvo 3 días en la puerta de la casa de una mujer aguardando a que el marido le permitiera mostrar el hombro izquierdo, para leer “sí”. En la India visitó la cárcel de Rajib, y observó “inútilmente” en la espalda de un muchacho detenido por consumo de shilom.
Anotó todo en su libreta. Contrajo malaria, fiebre amarilla, gripe, pero nada lo detuvo hasta que en Colombia conoció a una mulata pulposa, que en sus pechos llevaba escrito “aquí”. Valenti abandonó todo por esa belleza, dejó de intentar leer O Corpo, guardó su libreta y se dedicó a disfrutar de aquella mujer. Muchos acusan a Valenti de vulgar sexópata, materialista, y se olvidan de la absurda excentricidad de Joao Porto, a quien nadie recuerda por su obra y que murió con la última palabra de su novela tatuada en la frente: “fin”.
Marcelo Rubio es escritor y Licenciado en Comunicación Social. Es autor, entre otras obras, de Lo que trae la niebla y El Cristo roto, ambas comentadas en el blog. Conduce el programa radial Kriminal Mambo por AM 530, los sábados de 16 a 18.
El escritor portugués Joao Porto publicó su novela O Corpo, de una forma algo más que original. La obra tenía 132331 palabras y Joao eligió ese número de personas, distribuidas en distintas ciudades del mundo, para tatuar en cada cuerpo una palabra. Leer O Corpo implicaba conocer a 132331 individuos. La editorial, más preocupada por el dinero que por el talento, editó un libro con la dirección de cada uno de los tatuados y sus respectivos nombres, ordenados según correspondía a la lectura. Hay que decir que esa suerte de guía vendió cerca de 300 mil ejemplares, ya que alrededor de 100 mil lo compraron para ver sus nombres y sentirse parte de la literatura mundial, otros 120 mil fueron familiares de estos y 80 mil resultaron lectores desorientados, algunos sorprendidos en su buena fe o, como el caso de Valenti, verdaderos aventureros. Hasta el día de hoy no se conocen datos concretos sobre la posibilidad que alguien haya logrado leer en forma completa O Corpo. Quien más páginas recopiló fue el citado Carlos Arismendi Valenti, alcanzó la cantidad de 3659 palabras. La cuestión le consumió cerca 10 años, viajó alrededor de un 1.300.000 kilómetros, conoció 125 países, 2832 ciudades. Vio palabras en ancianos, niños, jóvenes; desenterró cadáveres sólo para leer “y”, aguardó bajo aguaceros o soles abrasadores para palabras como “Hoy”, “o”, “casi”. En Estambul estuvo 3 días en la puerta de la casa de una mujer aguardando a que el marido le permitiera mostrar el hombro izquierdo, para leer “sí”. En la India visitó la cárcel de Rajib, y observó “inútilmente” en la espalda de un muchacho detenido por consumo de shilom.
Anotó todo en su libreta. Contrajo malaria, fiebre amarilla, gripe, pero nada lo detuvo hasta que en Colombia conoció a una mulata pulposa, que en sus pechos llevaba escrito “aquí”. Valenti abandonó todo por esa belleza, dejó de intentar leer O Corpo, guardó su libreta y se dedicó a disfrutar de aquella mujer. Muchos acusan a Valenti de vulgar sexópata, materialista, y se olvidan de la absurda excentricidad de Joao Porto, a quien nadie recuerda por su obra y que murió con la última palabra de su novela tatuada en la frente: “fin”.
Marcelo Rubio es escritor y Licenciado en Comunicación Social. Es autor, entre otras obras, de Lo que trae la niebla y El Cristo roto, ambas comentadas en el blog. Conduce el programa radial Kriminal Mambo por AM 530, los sábados de 16 a 18.
sábado, 25 de abril de 2020
AFTER LIFE. SEGUNDA TEMPORADA. DE RICKY GERVAIS. CUANDO LAS SEGUNDAS PARTES SÍ SON BUENAS.
La primera parte de esta brillante serie me encantó. Como con la segunda, la vi "de una"; todos los episodios seguidos. Está bien, no es una gran hazaña de mi parte; son breves (no llegan a media hora de duración cada uno); son pocos (seis). Los que me leen sabrán que tenía todo para ser la serie ideal. Pero como decía Baltasar Gracián, lo bueno, si breve, dos veces bueno. En After life 2da temporada, se verifica de comienzo a fin el famoso aforismo del escritor jesuita español.
Si no viste la 1ra temporada, ¡hacelo! ¿De qué va? Simple y a la vez tan complejo: un hombre común, sin grandes éxitos ni logros personales. Con excepción de su matrimonio, quebrado por la irrupción de la muerte. A partir de ese momento su mundo se derrumba. Su único lazo con la vida es la perra, que lo obliga a seguir viviendo. Bueno, listo! Ahí te puse en autos sobre el tema de la serie.
La segunda parte continúa en esa línea.
Los "acontecimientos" de los capítulos son sutilezas imperceptibles, cosas insignificantes de la vida del más mediocre de los humanos: idas al cementerio, a trabajar, los diálogos entre los compañeros de trabajo, crisis matrimoniales, y... nuevamente la muerte, pero esta vez, en lugar de ser la artífice del quiebre casi irrecuperable del lazo al mundo, es la maestra hiladora que reteje sorprendentemente esos lazos.
Los personajes son tan bizarros como adorables. Son seres queribles (quizás la mancha más difícil de esquivar sea la del psiquiatra, especie de psicópata perdido). Es muy hermoso el efecto que logra Gervais con un brillante guión: los seres más bizarros se asombran y admiran de lo bizarro en los otros, y de esos momentos brotan los momentos más hilarantes de la serie. Algo así como "el muerto se asusta del degollado", para seguir con los aforismos.
Resumiendo: escrita con brillantez (ironía, humor, ternura, desorientación encuentran en el guión la palabra perfecta - quizás la vea otra vez, sin subtítulos para apreciarla mejor), excelentemente actuada con caracterizaciones que no se desbordan, sólo dan sutiles señales de los procesos emocionales y mentales que atraviesan. Gervais logra vaciar de drama las pequeñas tragedias de las vidas comunes, y ese pase mágico, lo deja a las puertas de un humor exquisito, usado en dosis justas.
Lo que más destaco, empero y más allá de todas las enormes cualidades que encontré en esta serie, es que hay una apuesta al lazo, al contacto con los otros, y al uso de la palabra como puente para lograrlo, en un pueblo que no acostumbra "tocar" a los otros. Por ejemplo, para dar un pésame alcanza con decir "Lo siento", a un metro de distancia, como si se hubieran anticipado siglos a la pandemia que nos azota hoy.
After life no sólo no verifica aquello de que las segundas partes nunca fueron buenas, sino que ya me puso a pensar y a esperar la tercera temporada. Y cuando eso suceda, me habrá hecho romper otra vez mi principio que reza que veré series que tengan sólo una temporada.
Si no viste la 1ra temporada, ¡hacelo! ¿De qué va? Simple y a la vez tan complejo: un hombre común, sin grandes éxitos ni logros personales. Con excepción de su matrimonio, quebrado por la irrupción de la muerte. A partir de ese momento su mundo se derrumba. Su único lazo con la vida es la perra, que lo obliga a seguir viviendo. Bueno, listo! Ahí te puse en autos sobre el tema de la serie.
La segunda parte continúa en esa línea.
Los "acontecimientos" de los capítulos son sutilezas imperceptibles, cosas insignificantes de la vida del más mediocre de los humanos: idas al cementerio, a trabajar, los diálogos entre los compañeros de trabajo, crisis matrimoniales, y... nuevamente la muerte, pero esta vez, en lugar de ser la artífice del quiebre casi irrecuperable del lazo al mundo, es la maestra hiladora que reteje sorprendentemente esos lazos.
Los personajes son tan bizarros como adorables. Son seres queribles (quizás la mancha más difícil de esquivar sea la del psiquiatra, especie de psicópata perdido). Es muy hermoso el efecto que logra Gervais con un brillante guión: los seres más bizarros se asombran y admiran de lo bizarro en los otros, y de esos momentos brotan los momentos más hilarantes de la serie. Algo así como "el muerto se asusta del degollado", para seguir con los aforismos.
Resumiendo: escrita con brillantez (ironía, humor, ternura, desorientación encuentran en el guión la palabra perfecta - quizás la vea otra vez, sin subtítulos para apreciarla mejor), excelentemente actuada con caracterizaciones que no se desbordan, sólo dan sutiles señales de los procesos emocionales y mentales que atraviesan. Gervais logra vaciar de drama las pequeñas tragedias de las vidas comunes, y ese pase mágico, lo deja a las puertas de un humor exquisito, usado en dosis justas.
Lo que más destaco, empero y más allá de todas las enormes cualidades que encontré en esta serie, es que hay una apuesta al lazo, al contacto con los otros, y al uso de la palabra como puente para lograrlo, en un pueblo que no acostumbra "tocar" a los otros. Por ejemplo, para dar un pésame alcanza con decir "Lo siento", a un metro de distancia, como si se hubieran anticipado siglos a la pandemia que nos azota hoy.
After life no sólo no verifica aquello de que las segundas partes nunca fueron buenas, sino que ya me puso a pensar y a esperar la tercera temporada. Y cuando eso suceda, me habrá hecho romper otra vez mi principio que reza que veré series que tengan sólo una temporada.
viernes, 24 de abril de 2020
LOS PECES NO CIERRAN LOS OJOS. DE ERRI DE LUCA. DE 2010. EL SECRETO QUE GUARDA EL PARAÍSO.
Los peces no cierran los ojos es una novela hermosa.
Leída en las semanas que estamos viviendo, es mucho más que eso. Es una invitación a no deponer los sueños, a seguir creyendo en la humanidad, a revalorizar el amor. Esta novela es un bálsamo.
Agradezco a mi amigo Marcelo por habérmela recomendado.
El argumento es simple: un niño y su madre de vacaciones en una isla. Se suma, por lógica, una playa, los pescadores, los bañistas y los encuentros fortuitos que se producen.
Para sintetizar aún más: una familia dividida por los estragos de la guerra y el exilio forzado del padre; una madre que asiste a la transformación de su hijo, que deja la niñez en ese verano, y el mar, partenaire ineludible. Y ella. Claro que hay una ella: resuelta, decidida, inteligente, amante de la justicia, aspirante al amor. Para un ser de poca edad y de cuerpo tan escueto, es posible que sean demasiadas las cualidades que De Luca encarnó en ella, pero no deja de ser verosímil y encantadora.
El niño, narrado desde la adultez del protagonista, vive de descubrimiento en descubrimiento: la virtud en la escasez, la estética de lo sorprendente, el goce de lo efímero. De un cuerpo infantil aún, vergonzante para los deseos que comienzan a despertarse en él, y de la pesca. Ese mundo de adultos en el que cada tanto encuentra un lugar para soñar que es grande y que entiende al mundo.
En ese escenario pequeño pero infinito que delimita una playa, habrá otros, y el conflicto se verá venir. Ella será la que lo resuelva, con una astucia digna de la Porcia de Shakespeare en El mercader de Venecia. Entonces por fin, el encuentro, el único posible y por ello tan especial e inolvidable, tendrá lugar. Esa palabra que el niño no podía pronunciar, AMOR, se escribe por primera vez en su vida. En ese momento, culmine, participamos de la recreación del Paraíso: ellos, Adán y Eva; no morderán una manzana, pero sin embargo encontrarán la meta más alta alcanzada por los cuerpos. Allí donde "la vida añadida más tarde lejos de aquel lugar, no fue más que una divagación".
Tocarán juntos, ese punto tan sublime como sutil en el que lo infinito se anuda a un confín cerrado.
Narrada con precisión, sin rimbombancia, con delicadeza, lirismo y calidez, esta hermosa novela de iniciación es una pequeña joya sobre lo más humano que existe: nuestro cuerpo, el cuerpo de los otros, el mundo y lo que hace que nos enlacemos a los demás, en las coordenadas del mundo en el que nos toque habitar. Es un canto al coraje de amar. Es la propuesta, que suscribo desde lo más profundo de mi ser, de que el paraíso no fue un jardín sino una isla, una playa a orillas del mar.
Ojalá Los peces no cierran los ojos sea no una elegía, sino una oda al beso.
Leída en las semanas que estamos viviendo, es mucho más que eso. Es una invitación a no deponer los sueños, a seguir creyendo en la humanidad, a revalorizar el amor. Esta novela es un bálsamo.
Agradezco a mi amigo Marcelo por habérmela recomendado.
El argumento es simple: un niño y su madre de vacaciones en una isla. Se suma, por lógica, una playa, los pescadores, los bañistas y los encuentros fortuitos que se producen.
Para sintetizar aún más: una familia dividida por los estragos de la guerra y el exilio forzado del padre; una madre que asiste a la transformación de su hijo, que deja la niñez en ese verano, y el mar, partenaire ineludible. Y ella. Claro que hay una ella: resuelta, decidida, inteligente, amante de la justicia, aspirante al amor. Para un ser de poca edad y de cuerpo tan escueto, es posible que sean demasiadas las cualidades que De Luca encarnó en ella, pero no deja de ser verosímil y encantadora.
El niño, narrado desde la adultez del protagonista, vive de descubrimiento en descubrimiento: la virtud en la escasez, la estética de lo sorprendente, el goce de lo efímero. De un cuerpo infantil aún, vergonzante para los deseos que comienzan a despertarse en él, y de la pesca. Ese mundo de adultos en el que cada tanto encuentra un lugar para soñar que es grande y que entiende al mundo.
En ese escenario pequeño pero infinito que delimita una playa, habrá otros, y el conflicto se verá venir. Ella será la que lo resuelva, con una astucia digna de la Porcia de Shakespeare en El mercader de Venecia. Entonces por fin, el encuentro, el único posible y por ello tan especial e inolvidable, tendrá lugar. Esa palabra que el niño no podía pronunciar, AMOR, se escribe por primera vez en su vida. En ese momento, culmine, participamos de la recreación del Paraíso: ellos, Adán y Eva; no morderán una manzana, pero sin embargo encontrarán la meta más alta alcanzada por los cuerpos. Allí donde "la vida añadida más tarde lejos de aquel lugar, no fue más que una divagación".
Tocarán juntos, ese punto tan sublime como sutil en el que lo infinito se anuda a un confín cerrado.
Narrada con precisión, sin rimbombancia, con delicadeza, lirismo y calidez, esta hermosa novela de iniciación es una pequeña joya sobre lo más humano que existe: nuestro cuerpo, el cuerpo de los otros, el mundo y lo que hace que nos enlacemos a los demás, en las coordenadas del mundo en el que nos toque habitar. Es un canto al coraje de amar. Es la propuesta, que suscribo desde lo más profundo de mi ser, de que el paraíso no fue un jardín sino una isla, una playa a orillas del mar.
Ojalá Los peces no cierran los ojos sea no una elegía, sino una oda al beso.
jueves, 23 de abril de 2020
miércoles, 22 de abril de 2020
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