lunes, 1 de diciembre de 2014

El comentario de hoy es sobre "Antología Personal" de Ricardo Piglia. Cuentos inolvidables, capítulos de sus novelas antológicas (Respiración Artificial y La ciudad ausente), conferencias sobre lectura, escritura y vida, y notas de su diario personal. La punta del iceberg, para resumir. Si la lees y todavía no te leíste todo Piglia, vas a salir corriendo a la primera librería que encuentres, o a la mejor, para encontrar todos los libros juntos. Una palabra aparte para el último ensayo sobre el Che. Vale el libro entero. Una verdadera joya.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Hoy Niveles de vida de Julian Barnes. El autor nos presenta tres narraciones diferentes pero parecidas. Las tres unidas por un hilo de oro: el deseo de volar. El ser humano sueña y se desespera por poder separar sus pies del suelo aunque sea por un rato, desde siempre. Los viajes en globo, la danza son modos de volar que están al alcance de la mano de muchos. A ellos dedica los dos primeros textos. Para la tercera narración elijo un párrafo aparte porque tiene que ver con una manera de volar que es contingente, que no puede elegirse ni puede negarse si se presenta: el amor. La tercera parte de este bello libro escribe el duelo de Julian por su mujer muerta. Si se te murió alguien querido hace poco, te vas a sentir acompañado, comprendido, y menos solo leyéndolo. Si no conociste el verdadero amor, o tuviste la suerte de no perder a nadie que amaras con tu corazón, probablemente te suene a chino o que el tipo está totalmente loco, en la época donde hay que desapegarse para correr más rápido, sin perder tiempo hacia sentirnos prescindibles, hacia nuestra propia destrucción. Por el contrario, el amor a veces, y el duelo por un amor casi siempre, implica inexorablemente ir para atrás. Recordar, añorar, reelaborar, llorar por lo postergado, por lo inconcluso, por lo mágico que no se repetirá; sentirse un extraño en medio de una multitud vociferante. Y cuando el tiempo y el trabajo del duelo pasen, sentirse afortunado por haber vivido una experiencia destinada a pocos. Y yo que di por terminado mi año hace algunos días, y no paro de dar con libros increíbles! Ahora transito la Antología Personal de mi querido Ricardo Piglia.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Para este lunes, "Distancia de rescate" de Samanta Schweblin "Distancia..." es un libro embriagante. Por momentos desesperante. Claro, soy mujer, y Samanta (ignoro si tiene hijos) sabe lo que las madres sentimos por nuestros hijos. Conoce de nuestros fantasmas y paranoias. Pero también que el mundo cambia para una mujer cuando tiene un hijo, y ama a ese hijo. Lo que podía ser un bello paisaje rural puede volverse el oscuro lugar de dónde brote el veneno fatídico. En una suerte de reescritura de "Pedro Páramo", en diálogo permanente con una voz que vamos construyendo de a poco, y que a la vez que advierte, también empuja a seguir, nos situamos en un pueblo donde todos están potencialmente muertos. Tanto que el hilo que mide la distancia de rescate puede llegar a romperse. Probar veneno o dejarse envenenar tiene consecuencias mayores. Y no hay escape de esta Comala que Samanta inventó. De allí lo fuerte del final. Quizás porque se dio cuenta de ello, o simplemente porque el hilo lo porta la madre, el padre que viaja a socorrer, escapa. Una novela impactante.

sábado, 11 de octubre de 2014

La ciudad ausente de Ricardo Piglia

En homenaje a haber recibido el Konex de Brillante 2014, hoy va un comentario sobre la maravillosa "La ciudad ausente" de Ricardo Piglia.
La ciudad ausente
Un nuevo nudo blanco de la literatura argentina.
La novela es crítica, es ficción, es política, y a la vez renueva cada uno de esos ámbitos. En las clases en el 7, a las que asistieron los historiadores, hubo sobre el final una charla sobre el complot y la paranoia en relación con Tlön, Uqbar, Orbis tertius. Los historiadores ponían la paranoia fuera, de la que Borges parece defenderse con su pequeño acto de traducción, que lo mantendría a salvo. Yo pensé en ese momento todo lo contrario. El vaticinio de Tlön, es la postulación de una realidad de ficción con mayor peso que la material, que iría desapareciendo de a poco. Para ello los ortodoxos emigran a una isla (está en la novela esa isla), y su mundo es sucesivo y temporal, como el lenguaje. Un laberinto inventado por hombres, y no por Dios, destinado a ser descifrado. La dinastía de solitarios cambiaría el mundo, con su relato. Encontré en "La ciudad...." una reescritura de Tlön... Así como también de la máquina de Macedonio para eternizar a Elena. En La ciudad... la máquina ya no es el recuerdo de Elena exclusivamente; es el origen de las narraciones. Es la máquina que presentifica la ciudad ya no de masas, sino de los relatos microscópicos de sus habitantes. La soledad del cerebro, de dónde salen las narraciones, no puede ser vigilada (resuena 1984 de Orwell!!), es el punto secreto microscópico y particular donde el cuerpo y la trasposición de las vivencias en pensamientos pueden anudarse, y formar nuevos nudos blancos. A la ciudad ausente, conspirativa, vigilante, masiva, agobiante, hay que agujerearla con los relatos que son infinitos (de ahí la referencia a Gödel), hasta llegar a la otra orilla. Hay una suerte de antropofagia en la novela, ya que los toma a ambos (así como a Borges y a Macedonio) para transformarlos en algo diferente, con consecuencias para la política, para la literatura y para la vida. La ciudad ausente también arma de una manera novedosa y creativa,"la otra historia de la novela argentina" Piglia dixit, y de la vida en la ciudad. El final, sin dudas indica una orientación, un camino. Si Joyce decía que leyendo el Ulises se podía reconstruir Dublín; leyendo La ciudad ausente se podría reconstruir nuestra historia política, nuestra literatura y sin dudas, la vida de la ciudad a partir de la segunda mitad del siglo pasado a la fecha. Brillante!

sábado, 27 de septiembre de 2014

Críticas de libros

Hoy va la crítica de "Fuera de la Jaula" de Fernanda García Lao Comparto a partir de hoy, mis comentarios de lecturas. Comienzo con "Fuera de la jaula" de Fernanda García Lao, quién es a partir de mi nombramiento, madrina de mi primera novela (ella no lo sabe aún o se entera por este medio) que pronto, con concurso ganado o no, verá la luz . Me gusta cuando leo a un escritor preguntarme "¿Sobre qué sabe?", porque asumo que el que escribe transmite un saber de algún tipo que se adelanta a lo que la gran mayoría sabe (lo dijo Lacan, no lo invento yo), aunque sea un no saber (muy socrático lo mío). Fernanda García Lao sabe algo sin ninguna duda: el lenguaje enferma. Los seres hablantes estamos enfermos de lenguaje. De ahí que sus textos (he leído hasta ahora "Cómo usar un cuchillo", "La piel dura" y su flamante "Fuera de la Jaula") presenten para mí una suerte de artefacto cargado de inteligencia, del que es luego difícil salir, porque deja pensando mucho. Para plasmar la enfermedad del lenguaje, Fernanda da vida a personajes delirantes, obscenos, a veces cándidos, a veces medio perversitos. Muchos de ellos interesados en el amor, que sin embargo les resulta esquivo. Al avanzar en la lectura uno puede decir: dime cómo hablas y te diré de qué sufres, de qué gozas. El humor no puede, obviamente, faltar a la cita, tanto como cierto nivel de miseria humana o el cinismo. Las frases cortas, contundentes me dejaron a veces sin aire. Aunque leí la novela en dos etapas solamente. Hay algo adictivo para mí en el derrotero de los personajes de Fernanda, en sus historias. Uno quiere saber hacia dónde se encaminan, a pesar de que no logremos nunca una respuesta contundente sobre ese punto. Por eso esta novela es tan sugestiva y alegórica, con sus referencias patrióticas y políticas de nuestro país, y tan topológica, porque a la vez que sus personajes parecen ir liberándose de sus jaulas, nosotros los lectores, estamos cada página un pasito más adentro de las mismas. La jaula de la que los personajes salen puede ser el cuerpo, puede ser la mente, pero no se libran nunca de la jaula del lenguaje. Si todo lo que hace una sociedad puede considerarse cultura, cuando leo "Fuera de la jaula" me evoca la definición que Stephen Dedalus da de la cultura irlandesa a Mulligan: el espejo partido de una criada. Y el lector no tiene más que encontrar su propio camino de salida del artefacto partido en pedazos y deformante, valiéndose del mismo medio que lo dejó atrapado: la lengua, y quizás, con más de una pregunta para responderse.

jueves, 17 de julio de 2014

ALQUIMIA

Narrarte cerca o distante con las cenizas de mis muertos y tu pasado de tango sideral. Narrarte hasta la extinción sin razón, utilidad ni pensamiento. Narrar para parirte nueva, futura, siempre extraña. Darte existencia al narrar para robarte un ser hecho de historias, y cuando agua y sangre lloren juntas su amor afirmarnos, ocultarnos, al fin, perdernos. L.C

domingo, 3 de noviembre de 2013

Un cuento de Buenos Aires anónima.

A CONTRAMANO Nadie había vuelto fuera del horario de oficina al edificio en el que Juan trabajaba como sereno, en pleno Microcentro porteño. Ni siquiera los vagabundos, que se acurrucaban habitualmente en la puerta de entrada buscando refugio. Tendría que apresurarse, no demorarse con tonterías para evitar todo contacto directo con el personal de día. Armó su bolso, como cada mañana y firmó la planilla de salida. Vio que el empleado que empezaba su turno se aproximaba. Apuró el paso y cuando estuvo a su lado, sin mirarlo, soltó un descortés “sin novedades”. Se dirigió a la puerta y salió. “Imbécil”- murmuró. El aire era frío, como solía serlo en julio en Buenos Aires. No había gente en la calle Esmeralda; solo un par de gatos que revolvían la basura. Le gustaba volverse en “subte”. Iba tranquilo por ir a “contramano” de la gente que iniciaba su jornada laboral. Se sentía mejor solo. Cuando la formación llegó a la estación Catedral y se detuvo, Juan subió con paso decidido. Se sentó y se dispuso a ver pasar las estaciones como imágenes borrosas; como cortes del tiempo obnubilado del viaje. Por un segundo recordó las épocas en las que María, su ex-mujer, esperaba su llegada con el mate preparado y tostadas recién hechas. No llegó a conmoverse; solo a experimentar cierta nostalgia por el olor a tostada en el aire, cuando abría la puerta de su casa. Hacía mucho tiempo que apenas desayunaba al llegar. Los vecinos preguntaron por María durante un tiempo. La querían. Era muy conversadora y amable. Solía preparar galletas y convidar a todos los que vivían en su piso. Incluso algunas mañanas iba al mercado con Anita, su vecina. Ella intentó abordar a Juan un par de veces, pero no tuvo éxito. Siempre apurado, la dejaba con la pregunta a flor de labios. Al no lograr averiguar nada sobre María, se resignó y cuando se encontraba con Juan evitaba tocar el tema, que era una manera práctica de estar a resguardo de su mal genio. El no lamentó que su mujer se fuera, salvo por el tema de las tostadas. Ella no estaba a su altura. En el fondo, se evitó tener que echarla algún día luego de una discusión, o que llegado el caso, perdiera la paciencia y lo peor sucediera. Esa mujer malagradecida no valoró nunca el esfuerzo que era para él no agredirla, tener que conformarse con ignorarla. No supo por qué se fue, pero no atinó a buscarla para preguntarle. No estaba seguro de haberla amado nunca. El trajinar del “subte” sacudía su cuerpo y el frágil límite existente entre sus ensoñaciones y la vigilia. Todo comenzó una noche en una fiesta del club del barrio. La vio y le gustó. Como no dudó de que ella gustaría de él- a decir verdad tenía su pinta- la encaró. No habían pasado más de unos meses de salidas, cuando María le dijo que estaba embarazada y que quería casarse. El no aceptó casarse, solo vivir con ella. Pasaron los meses y nació un varón. El único hijo que tuvieron. María estaba plena de felicidad: era un bebé hermoso y saludable. Tenía de ella su cabello rubio y su mirada. Ella se enamoró al instante de su hijo; en cambio Juan empezó a sentir una presencia extraña en la casa. María ya no lo miraba como antes. Levantó la vista. Estaba en la estación Bulnes. Tenía para rato. El niño crecía muy apegado al cariño de su madre, por lo que Juan decidió que cuando tuviera la edad requerida, el Ejército estaría muy bien para transformarlo en un hombre. María no pudo hacer nada para impedirlo. No recordaba muy nítidamente el día en el que el muchacho se fue, pero creía recordar que ella pasó semanas llorando, sin consuelo. Él, en cambio, lo despidió con un abrazo tan fuerte como ficticio, insinuándole que por delante se le abría el camino que lo llevaría a lograr el respeto de su padre. ¡Un buen hijo no podría aspirar a otra cosa más que al respeto de su padre! Recordaba haber visto en alguna película una escena de despedida parecida, que le había gustado mucho. ¡Cosas de familias importantes y respetables! Cuando el muchacho terminó sus estudios, permaneció en la fuerza, e inmediatamente fue enviado a diferentes misiones de paz en Europa Oriental. Esto no era gran cosa: ¡un pacifista! Pero se consoló pensando, según le explicaba su hijo, que por provenir de un país tercermundista, no estaba mal ser parte de las fuerzas del bien, aunque el protagonismo fuera de otros. ¡Ingrato y desagradecido le había salido! Hacía tiempo que no tenía novedades de él. ¡Seguramente se comunicaba sólo con su madre! El tren se detuvo bruscamente. Juan miró el cartel de la estación, que resultó ser la suya: Congreso de Tucumán. Había tardado demasiado. Seguramente llegaría a su casa con pleno sol, situación que lo incomodaba. Le costaba más dormirse si había mucha luz. Su actual departamento, en Quesada casi esquina Cabildo, era más chico y más alejado del centro que los anteriores. En el edificio nadie lo conocía. Llevaba un par de años viviendo allí, y casi no había cruzado palabra con sus vecinos a excepción de Oscar, el encargado, que cada tanto le reclamaba el alquiler. Su casa estaba siempre desordenada. En especial la cocina y el baño estaban en un estado lamentable. Pero como nadie salvo él usaba las cosas, el desorden y la suciedad no eran tan dramáticos. Todo conformaba una perfecta proyección de su mente. La cama de una plaza (la de dos la había vendido al mudarse) permanecía con las sábanas arrugadas, sin estirar, por semanas. Dejó su bolso sobre la mesa, bajó las persianas para evitar que entrara la luz del sol, y decidió darse un baño antes de dormir. Mientras se estaba duchando sonó el timbre dos veces. No lo escuchó. No fue sino hasta que estuvo listo para acostarse que notó un papel en el piso, detrás de la puerta. Se alarmó. En el edificio, ya todos habían salido a sus respectivos trabajos. Si bien nadie allí sabía mucho de él, él por su parte se había encargado de averiguar cosas sobre sus vecinos. No podían ser ellos. El encargado usualmente limpiaba a esa hora. ¿Entonces qué era ese papel? A la distancia, y sin sus lentes de aumento Juan no distinguía de qué se trataba. Nadie conocía su actual dirección. Ni siquiera en su trabajo. Tenía como práctica habitual cada vez que cambiaba de trabajo, dejar la dirección de su domicilio anterior. No fuera a ser que… Pensó que no debía tratarse de nada importante. Seguramente algún vendedor le había dado unos pesos a Oscar para que lo dejara repartir publicidad gráfica por los pisos. Sin mirar el papel que acababa de levantar, lo estrujó y lo tiró a la basura. Se metió en la cama y se durmió. Esa mañana tuvo pesadillas. Su rutina se desarrolló sin cambios por algunos días, hasta que un mediodía, cuando despertó, reparó en un papel similar al de la vez anterior, detrás de su puerta, en el piso. Esta vez tampoco escuchó el timbre. La puerta de su dormitorio estaba cerrada y la televisión prendida. Lo levantó con rabia y lo tiró a la basura. Paulatinamente sus viajes diarios en el “subte” fueron poblándose de presencias. Pasó varios días detrás de la puerta luego de llegar del trabajo, en los que no dormía ni comía, por si el intruso se volvía a presentar. En esas esperas largas y tensas, su mente urdía todo tipo de teorías persecutorias y conspirativas. Pasó lista mentalmente de todas las personas que podrían querer perjudicarlo. Eran demasiadas para una vida tan apagada, aunque repleta de personajes que habitaban su mundo privado. ¿Quién podía estar jodiéndole la vida así? Pero el intruso no apareció, y el cansancio comenzó a vencerlo, con el correr de los días. Había transcurrido una semana cuando al llegar del trabajo Oscar le comentó que la tarde anterior había venido alguien preguntando por él. Este comentario lo desesperó. Trató de que no se notara su inquietud. ¡Alguien había logrado ubicarlo, conocer su paradero, cuando él ponía tanto empeño en “perderse” en la ciudad! ¡Malditos hijos de puta! Subió a su departamento con la respiración acelerada y empapado en sudor. No terminaba de entender lo que ocurría. ¿Sería María que lo buscaba para sacarle plata? El no tenía por qué darle nada, ella se había ido sola, y además ni siquiera estaban casados. Sí, seguramente era ella, que quería arruinarle la vida. Llegó frente a su puerta, la abrió bruscamente, pero esta vez no encontró nada. Súbitamente quedó inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada fija. Las imágenes se sucedían en su mente y lo estremecían. María, su cara... Se burlaba de él, envuelta en sábanas de raso rojo, semidesnuda. Él sólo percibía un murmullo intolerable. Casi arrastrándose se dirigió a su cama. Se dejó caer, temblando. No supo cuánto tiempo transcurrió así, sumido en aquel sopor. Al día siguiente, como un autómata, comenzó a guardar sus escasas ropas y sus pertenencias en una valija vieja. Iba a abandonar ese departamento lo más pronto que pudiera. Era evidente que María no sabía dónde trabajaba, de otro modo lo hubiera ido a buscar allí. Pero, inexplicablemente, conocía su casa y eso lo trastornaba. A la mañana siguiente, al volver del trabajo, esperó que Oscar estuviera limpiando por los pisos, para salir sin ser visto. Dejó la llave de su departamento sobre el escritorio de la entrada, y salió. No sabía bien adónde iría pero sabía que a su casa no volvería. Se dirigió a la estación del “subte”. Allí se sentía a salvo. Viajando. En un espacio oscuro y oculto, suspendido entre estaciones. Había más gente en el coche que lo habitual. Miró sus caras. Eran expresiones borrosas cargadas de hastío y tristeza. Se sintió cómodo. Deseó que el “subte” no se detuviera nunca, que lo alejara de María para siempre. En tanto, Oscar, llave en mano, empuja la puerta entreabierta del departamento que ocupara Juan y del que debía tres meses de alquiler y de gastos. Lo revisa detalladamente. - Qué tipo más sucio. Dejó todo hecho una mugre - dice mientras marca un teléfono en su celular. - Don Marcos, ya está hecho. Estoy en el departamento. Sí, fue más rápido de lo que pensé; un par de semanas... Oiga, esto es un asco. No quiero sonar como un bruto pero no me vendrían mal algunos pesitos por este favor. Usted sabe que nunca le pido nada, pero en este caso... Piense lo que le hubiera costado el juicio de desalojo... Bueno, sí. Hasta mañana -dice y corta. -Viejo tacaño, no suelta un billete ni a palos. Si viera como dejó todo su inquilino...- dice mientras camina hacia la cocina. Abre la heladera. Toma la única manzana que hay. La lustra con su manga y le da un mordisco. Va hacia la puerta, echa una última mirada. Cruza el umbral y cierra de un portazo.