jueves, 5 de mayo de 2022

CONVERSACIONES CON JAMES JOYCE DE ARTHUR POWER. LA CONTRASEÑA PARA ENTRAR EN LA VIDA DEL GENIO IRLANDÉS. PUBLICACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES DE SANTIAGO DE CHILE.

Tengo especial cariño por las publicaciones de la UDP. Estudié Literatura creativa allí a mediados de la primera década de los 2000. Fue una experiencia de lo más intensa, que cambió mi vida para siempre, y que atesoro en el corazón. Por eso sigo sus publicaciones. Por otra parte se verifica en sus libros, un gusto por publicar gemas, libros que quizá otras editoriales elegirían no publicar. 
Así me encontré con este precioso libro, publicado por primera vez en 1974, que nos abre las puertas de la intimidad de James Joyce, y nos sienta en el living de su casa. Así nos transforma en oyentes privilegiados de una mente brillante en funcionamiento, para deleitarnos con una charla amena y a la vez profunda, centrada básicamente en la literatura, pero que no se priva de interrogar otros temas, que delinean, amplifican y a la vez tratan de delimitar el campo artístico, no sin esfuerzo, no sin vaivenes. 
Power llega a Paris, luego de haberse criado en Irlanda e Inglaterra. Decidido a ser pintor, y luego de una convalecencia en Dublín, producto de su participación en la Primera Guerra Mundial. Allí conoce, como era habitual, a muchos artistas como Zadkine, Modigliani, Hemingway, Beckett y Joyce.  


Dice David Norris en el prólogo, que en los años ´20, bastaba como contraseña decir que alguien era de Dublín para que las puertas del mundo Joyce, incluida su casa, se abrieran para el recién llegado. Eso fue exactamente lo que parece haber ocurrido con Power.  Joyce según Clive Hart (que escribiera el prólogo a la primera edición del libro), nunca logró privarse de cierto goce, que escuchar la cadencia de su lengua le brindaba, a pesar de definirlo como un "conspirador literario decidido a destruir las estructuras culturales (...) en las que se había formado y que para entonces habían empezado a desmoronarse". 

Power participa en aquellos años, del mundo artístico e intelectual del París descrito también por Hemingway en París era una fiesta. La Rotonde, el Dome, entre otros, eran los cafés y bistros frecuentados por los ciudadanos del mundo que ejercían alguna de las diferentes ramas del arte y que se dirigían ávidos a la capital francesa, huyendo de lugares menos interesantes y menos glamourosos. 
En una ocasión Power, que llega a París queriendo ser pintor y termina siendo crítico literario y escritor, le pregunta a Joyce:
"-La pregunta es: ¿qué es la literatura: hechos o arte?
- Es vida- respondió Joyce-, y una de las cosas a las que jamás me acostumbré en mi juventud fue a la distancia entre la literatura y la vida"
La emancipación de las mujeres, la relación entre los sexos, los motivos de su autoexilio de Irlanda, la construcción de los personajes en las novelas, la literatura rusa, dan las excusas adecuadas para verificar que Joyce poseía entre sus rasgos más característicos, una "constante negativa a dar una opinión directa sobre nada ni nadie...". 
Sin embargo, refiriéndose al escritor moderno, será preciso y dirá que los temas para él son: "las emponzoñadas sutilezas que envuelven el alma, los densos efluvios del sexo". "La violencia y el deseo, son el aliento mismo de la literatura"- dirá en otro momento. 
El escritor que subvirtió la manera de narrar y de leer en el siglo XX, expresa que un artista no conoce de verdad aquello que crea. Y que el talento se manifiesta en lo que  se hace de manera fortuita. 
La literatura francesa, por supuesto, tampoco falta a la cita, así como la relación inevitable entre el bien y el mal, las guerras, la religión y la política. 
"Debemos escribir peligrosamente. (...) Un libro, creo, no debe planearse anticipadamente, sino ir conformándose a medida que se escribe. sujeto, como te he dicho, a los constantes vaivenes emocionales de la propia personalidad". 
Preocupado por la textura de las palabras, Joyce dirá que el objetivo de toda obra de arte es la transmisión de la emoción, y el talento es el don de saber transmitir esa emoción. 
Conversaciones con James Joyce se me presentó como un libro al que se puede volver una y otra vez, para interrogarse sobre los grandes temas de la humanidad, y para dejarse fascinar por una mente tan brillante como cauta, advertida de que "la distancia entre lo que uno quiere ser y lo que es resulta sin duda risible".
 

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